Descubrir el mundo submarino

Martes, 14 Octubre   

El ser humano siempre ha sentido fascinación por el mar y sus criaturas.

Se sabe que los fenicios de la ciudad de Tiro (actual Líbano), que extraían de un pequeño crustáceo un tinte rojo muy apreciado en la época, se sumergían en el interior de unas grandes campanas, llenas de aire, para poder respirar durante unos instantes. Desde entonces, han sido muchos los intentos de los humanos de emular a los peces. Hoy ya podemos disfrutar, a modo de casi criatura marina, de gran parte de las maravillas que esconde el inmenso universo líquido: los océanos ocupan tres cuartas partes de nuestro planeta.

El submarinismo, tal como se conoce hoy o buceo con escafandra autónoma, pudo desarrollarse gracias al aparato que inventaron en 1943 los franceses Emile Gagnan y Jacques Yves Cousteau, uno ingeniero y el otro marino.

Denominaron “pulmón acuático” a lo que hoy se conoce como “regulador”, un aparato que adapta el aire comprimido de las bombonas a la presión ambiental que en esos momentos tiene el buceador y que sus pulmones pueden soportar. Con él se puede respirar bajo el agua igual que si se estuviera en la superficie. Con el invento del regulador, el ser humano se dotó de un instrumento para investigaciones marinas in situ.

Desde entonces, los conocimientos sobre las criaturas marinas, de cuya biología y hábitos de vida poco se sabía, se han ido ampliando asombrosamente. La primera impresión cuando uno se embute en un traje de neopreno, se coloca la máscara, la botella, el chaleco… y, sobre todo, los plomos es exclamar: “¡Ay, no puedo moverme!”. Pero la impresión se esfuma en cuanto se está sumergido en el agua. La movilidad crece, el mundo cambia y la ingravidez es tan atractiva que se acaba uno olvidando de que lleva unos cuantos kilos de equipo encima.